Nota de la autora: En un principio subía aquí la novela, pero como me he pasado a Wattpad (http://www.wattpad.com/user/SeaOfBloodyMinds), he borrado los capítulos que había subido y sólo he dejado el Prólogo. Si esta introducción a la historia te ha gustado, no te olvides de pasarte por mi página de Wattpad.

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Mara despertó en el coche de su padre, Stefan. Se acomodó en el asiento trasero del vehículo y cogió su móvil. Todavía llevaba la misma ropa que el primer día de viaje: pantalones vaqueros, cortos y azules, con una camiseta beige que dejaba el hombro al descubierto.

           -¿Dentro de cuánto tiempo vamos a llegar?-preguntó a su padre mientras se desperezaba y ahogaba un bostezo. Su mano chocó contra el techo del coche.

           Llevaba casi tres días viajando en coche, junto con su padre y su hermana. Era algo que le gustaba, pero a lo largo de las horas, uno empezaba a sentirse encerrado. El hecho de no poder asearse como es debido, no era un factor que contribuyese.

           -Alrededor de una hora y media-dijo éste con voz cansada.

           Miró el reloj de muñeca que su madre le había regalado unos días antes de irse de vacaciones. Eran las cinco y media de la madrugada.

           Sin embargo, viajar era algo que a su padre, a su hermana y a ella le encantaba. Podían viajar desde España hasta Bulgaria, su país natal, en avión, pero les encantaban los viajes por carretera y aún más si el viaje duraba varios días. Le hechizaba despertar a las tres de la madrugada y escuchar las canciones que invadían el coche. Era algo mágico y especial. Ver los amaneceres y los atardeceres, descubrir lugares nuevos y esplendidos. La verdad es que  muchas veces deseaba que el viaje no acabara.

           Pero sabía que algún día aquellos viajes acabarían.

           Su hermano mayor, Daniel, nunca se apuntaba, aunque su familia lo entendía, ya que iba a la universidad. No obstante, si todavía siguiese viviendo con ellos, tampoco se apuntaría a aquellos viajes en coche, no entendían el porqué de aquel rechazo a experiencias tan sanas, y encima el amor a viajar venía de familia. Hacía casi un año que no se veían y le echaba mucho de menos. Casi no llamaba, tampoco enviaba cartas ni e-mails. Recibían noticias de él escasas veces, lo justo para saber que se encontraba sano y que le iba bien en los estudios.

           Miró el espejo retrovisor y vio el rostro de su padre. Estaba cambiado. Era como si hubiese envejecido diez años más, tenía ojeras debajo de los ojos, pero aun así los tenía bien abiertos y miraba a todos los lados de la carretera.

           -Papá, ¿estás bien?- preguntó preocupada-. Creo que será mejor que pares en algún lugar para descansar.

           -No te preocupes, me encuentro bien.-Ya se había esperado esa respuesta.

           A su padre nunca le había agradado que se preocuparan por él.

           Encendió el móvil y escribió un mensaje para su amiga Helena, comunicándole que llegaría dentro de una hora y media o dos. Buscó los auriculares, los conectó al móvil y empezó a escuchar música y a mirar desde la ventana del coche. Le tranquilizaba mirar el cielo, aún más cuando iba a amanecer. Las nubes y el cielo eran de un color entre el azul oscuro y morado. ¡Era algo que te hipnotizaba!

            Comenzó a rememorar su verano en Bulgaria, pero solo le venía a la mente que, una semana después de haber llegado a su país natal, no había dejado de pensar en lo mismo una y otra vez. A todas horas tenía la sensación de que alguien, o algo le esperaba en España. Era una sensación extraña que nunca antes había tenido, no le parecía muy normal. Estaba segura de que no eran sus amigos, su madre, Vyara, o su novio, Álex, al que tanto quería, sentía que era algo nuevo, algo que nunca había conocido y eso la inquietaba.

           Decidió volver a dormirse y así dejar de pensar en ello, no quería que cuando llegará a su casa su madre la preguntara por qué estaba tan inquieta, no quería que se preocupara por ella. Ese rasgo la venía de su padre. Cerró los ojos y a los pocos minutos estaba profundamente dormida.

           

Estaba en una calle desierta en la que no lograba reconocer nada. Me di la vuelta y detrás de mí, a unos pocos metros, había una casa enorme a la cual le rodeaba una pared de ladrillo, igual que sus dos jardines, el delantero y el trasero. Tenía una puerta de iguales dimensiones, abierta a un lado. Detrás de dicha pared de ladrillo, a casi diez metros del jardín trasero, había un bosque espeso. Observé la casa más detenidamente. Todas las ventanas estaban cerradas y las persianas echadas…menos una. En ella había un chico que me resultó familiar. Era alto, de tez era morena. Debajo de sus ojos se veían unas ojeras bastante marcadas, el pelo era negro, corto y despeinado.

           Me resultó raro el hecho de poder pensar en un sueño y de que no fuera uno de esos sueños raros en los que puedes volar, tienes poderes extraños o cualquier chorrada propia de un sueño.

           Cerré los ojos y al abrirlos el chico ya no estaba, desvié la mirada de la ventana y vi al joven a tan solo unos seis metros. Mientras le miraba desconcertada, el chico moreno empezó a acercarse a mí, pero cuando estaba solo a un metro de distancia, todo se volvió negro, menos un punto de luz brillante que se veía en la lejanía, como un túnel.

           Miré a mi alrededor y, no muy lejos, hallé el porte del chico de las ojeras marcadas. Un hombre apareció detrás del chico, le cogió del cuello y empezó a tirar de él hacia la oscuridad lentamente, mientras yo intentaba moverme sin ningún resultado. El muchacho estiró el brazo hacia mí y abrió la boca en un intento por habla. Pensé que me iba a pedir ayuda pero, en cambio, de su boca salieron dos claras palabras: “Lo siento”. El chico desapareció y con él desapareció la luz brillante. La oscuridad me envolvió. Comencé a pensar que nunca iba a despertar, que nunca iba a volver a ver a mis seres queridos, que nunca visitaría todos aquellos lugares a los que quería ir, todas aquellos errores que quería cometer y todo esos sentimientos y primeras veces que quería experimentar. Y no podría hacer nada para evitarlo. Un gran peso formado por el miedo y la inseguridad, se cernían sobre mí y me ahogaban.

           Cerré furtemente los ojos para intentar despertar, pero solo sirvió para que un intenso sentimiento de impotencia aflorara. Abrí la boca en un intento de gritar, pero, como pasa en todos los sueños, ningún sonido salía de mi garganta. Lo único que podía hacer era esperar a despertar de aquella horrible pesadilla.

Mara despertó sobresaltada, con una extraña sensación de desaliento. No recordaba cual había sido su último sueño, pero estaba segura de que no había sido agradable. Empezó a mirar el interior del coche mientras buscaba a su padre y a su hermana mayor, Iliana. Comprobó que su padre por fin había decidido parar en una gasolinera y descansar. Echó un vistazo al asiento del copiloto para ver si su hermana estaba durmiendo, pero ni siquiera se encontraba en el coche. Miró hacía la izquierda para ver si su padre estaba durmiendo y vio que así era. Sonrió. Miró por la ventana y vio a Iliana volver de la tienda de la gasolinera, en la  que Stefan había parado a descansar, con una botella de agua en la mano.

           Empezó a buscar sus gafas. Las encontró y se las puso. Sin sus gafas no veía ni lo que tenía a dos metros de distancia.

           Decidió salir a tomar el aire. Justo cuando abrió la puerta del coche, se acordó de parte de su sueño, específicamente del chico que había en él. Recordó donde había visto antes el chico de la pesadilla. Hacía mucho tiempo que no tenía aquel sueño.

           Hacía tres años, Mara había tenido el mismo sueño durante meses y meses. Después de pasarse semanas sin poder dormir, sus padres habían decidido llevarla a un psicólogo, ya que empezaban a preocuparse por ello. Tuvo que ir durante casi un año al psicólogo, pero por fin lo había superado y no había vuelto a tener ese sueño. Al menos hasta ahora.

           Empezó a dar vueltas intentando acordarse mejor del sueño para asegurarse de que era el mismo que hacía tres años, aunque de eso estaba completamente segura. Pero en el fondo esperaba estar equivocada. El mismo chico, la misma mano que le cogía del cuello y tiraba de él, y la misma sensación de malestar y de impotencia que sentía en sus anteriores pesadillas y después de despertarse.

           Se dispuso a volver al coche y dormir de nuevo cuando el móvil empezó a sonar.

           -¿Si?-dijo con voz cansada mientras salía del coche para no despertar a su padre.

           -¡Hola, Mara! ¿Te encuentras bien? Suenas algo rara-dijo una voz por el teléfono.

           -¿Quién es?-preguntó sin ningún interés.

           -Soy yo, Helena. ¿Cómo es que no reconoces mi voz? Creía que era tu mejor amiga-dijo con teatral indignación.

           -Ah, hola. Lo siento, es que no me encuentro muy bien. ¿Qué pasa?

           -Nada, solo era para de…

           El móvil se apagó.

           -¡Genial! Sin batería en una gasolinera sacada de una peli de terror-exclamó mientras echaba a andar hacia el coche.

           Deslizó el cuerpo en el asiento trasero del coche y se tumbó. Se quedó mirando el techo hasta que se le nublo la vista y cayó en un sueño profundo, con pesadillas que, por suerte, no recordaría.

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